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La ONU y las oenegés internacionales investigan decenas de denuncias de presuntas violaciones perpetradas por soldados del Kremlin

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Son testimonios de gran impacto, que aparecen en los medios de comunicación de forma recurrente y que han suscitado hasta manifestaciones y actos de protesta contra el Kremlin en lugares como Cannes y San Francisco. Numerosas mujeres ucranianas han denunciado haber sido asaltadas y violadas por las tropas rusas durante las semanas en que permanecieron ocupando sus ciudades y pueblos de residencia, antes de retirarse. Mientras la ONU asegura haber recibido más de un centenar de denuncias, organizaciones no gubernamentales como Human Rights Watch han documentado algunos casos y subrayan que aún es pronto para dilucidar si el abuso sexual está siendo empleado o no como un arma de guerra por parte de las tropas ocupantes, es decir, si constituye una política que cuenta con el visto bueno de los mandos militares o si en cambio se trata de casos aislados cuya responsabilidad sería en último caso de naturaleza individual. Las oenegés ucranianas afirman haber contabilizado decenas de casos y piensan que no son más que una punta del iceberg de lo que está sucediendo, ya que muchas víctimas necesitan tiempo para asumir el trauma y denunciar estos crímenes.

“Tenemos evidencias contradictorias respecto a si la violación es utilizada como un arma de guerra por las tropas rusas; en un caso, que tuvo lugar en la localidad de Bucha, se trató de una violación grupal de dos soldados, el comandante lo sabía e incluso se adhirió; en el segundo caso, en Khersón, la persona al mando entró en el momento de la violación y amenazó al perpetrador”, enfatiza a EL PERIÓDICO Yúlia Gorbúnova, de Human Rights Watch. La investigadora ha pedido más tiempo para intentar dilucidar cuál es el patrón de actuación, y advierte que el hecho de que su organización únicamente haya podido documentar “cuatro casos” no significa que “la violación no esté siendo utilizada como arma de guerra”. “Son crímenes muy delicados, y las víctimas pueden tardar meses en admitirlos”, indica.

La ONU ha asegurado haber recibido denuncias de 124 casos, según ha declarado Pramilla Patten, representante especial del secretario general para la Violencia Sexual en los conflictos armados. De ellos, ha podido documentar un total de 24, 12 de ellos atribuidos a las tropas rusas o a las milicias prorrusas, cinco cometidos por las fuerzas ucranianas y siete de ellos en territorio bajo control de Kiev. Un total de 44 de ellos no pudo ser verificado, mientras que en los restantes 48 casos están pendientes de ser examinados.

Mujeres, pero también hombres

Por su parte, la Strada, una oenegé ucraniana dedicada a temas de igualdad de género, ha documentado 17 presuntas violaciones cometidas por las tropas rusas, y otras dos perpetradas en territorio bajo control ucraniano en los que los que los presuntos responsables serían ciudadanos ucranianos. “La primera denuncia que recibí fue el 4 de marzo; a través de una llamada telefónica desde territorio ocupado, una mujer nos explicaba lo difícil de la situación; tras 40 minutos hablando, me reconoció que había sido violada por los rusos”, explica telefónicamente desde Ucrania Alona Krivuliak, trabajadora de la organización. De todos las víctimas tratadas, destaca en particular a un joven varón de 19 años de Mariúpol que logró ser evacuado y llegar hasta territorio bajo control del Gobierno de Kiev. No solo fue violado “reiteradamente de forma grupal”, sino que fue convertido en “esclavo sexual” de los ocupantes, explica la activista. “No es gay, tenía una relación con una chica, y ahora, lo más importante, es neutralizar el sentimiento de culpa que tiene por haber permitido el abuso y no haber opuesto resistencia; le intentamos explicar que actuó correctamente porque en una situación así, la prioridad de todo ser humano debe ser salvar la vida”, continúa.

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Hablando en términos generales, Krivulak sostiene que pervive un profundo sentimiento de indefensión e inseguridad en las víctimas de abusos sexuales en la guerra de Ucrania. “Muchos son reacios a hablar; los que viven en zonas donde los rusos se han retirado temen que puedan regresar y comience de nuevo la pesadilla”, continúa Krivulak.

Un problema adicional que ha surgido, cuando todavía queda por dilucidar la magnitud de los actos de violencia sexual cometidos durante la guerra de Ucrania, es la práctica imposibilidad de abortar en Polonia, uno de los principales países receptores de refugiados ucranianos. Organizaciones feministas polacas, como Abortion Dream Team o Fundación Dziwechiki han decidido lanzar una campaña informativa para que las refugiadas estén al tanto de las posibilidades de interrumpir el embarazo. El Estado ucraniano, por su parte, ha creado una línea caliente para atender a las víctimas de supuestos crímenes de guerra, y sus miembros derivan a organizaciones especializadas como La Strada las denuncias de abusos sexuales cuando éstas aparecen.

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